sábado, 26 de noviembre de 2011

Ahora a quejarse


 Este lucido escrito atribuido a Bertolt Brecht ( http://es.wikipedia.org/wiki/Bertolt_Brecht)  y que sin embargo parece que no lo es,  explica muy bien lo que a menudo ignora el hombre actual, que al final todo acaba          afectandole por mucho que crea que con el no va, a menudo se oye decir..a mi me va bien lo demas no me importa..no sabe que al final cuando perciba que ya no le va tan bien, ya no tendra remedio. Abajo se exponen dos casos aislados de lo que empieza a ocurrir..me apetece decir..jodanse amigos, vosotros os lo buscasteis..pero creo que al final me voy a moderar y no lo dire.

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''Primero se llevaron a los judíos, pero como yo no era judío, no me importó.

 Después se llevaron a los comunistas, pero como yo no era comunista, tampoco me importó.


 Luego se llevaron a los obreros, pero como yo no era obrero tampoco me importó. 
Más tarde se llevaron a los intelectuales, pero como yo no era intelectual, tampoco me importó.

Después siguieron con los curas, pero como yo no era cura, tampoco me importó.

 Ahora vienen a por mí, pero ya es demasiado tarde".
(Bertolt Brecht)

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Su morfina puede esperar

El hospital de Mataró cita para marzo a un enfermo terminal aquejado de intensos dolores - El centro ignoró las quejas de la familia hasta recibir la llamada de EL PAÍS

FERRAN BALSELLS - Barcelona - 26/11/2011
 


Enrique Conesa, barcelonés de 55 años con un grave cáncer terminal, solo le queda morir tranquilo, sin dolor y rodeado de los suyos. Será dentro de pocas semanas. Pero ni eso resulta sencillo: la morfina que consume desde septiembre por vía oral le hace cada vez menos efecto y lleva ocho meses esperando una cita con la clínica del dolor del hospital de Mataró para obtener la primera administración del analgésico por vía intravenosa, la forma de administración más potente, junto a las pautas para las siguientes dosis y la receta médica. "Se nota que aguanta sufriendo, le duele horrores: Los médicos dicen que le queda un mes de vida. No quiero que muera como un animal", ruega con entereza su esposa, Antonia Benegas, de 52 años.
El pasado lunes, el centro señaló que no podía adelantar la primera inyección
"Solo pido que mi marido pueda morir sin dolor", reclama la esposa
Desde marzo, Enrique ha perdido 30 kilos, pero sigue sin haber recibido ni una inyección. Fue diagnosticado a principios de año del denominado tumor de Klatskin: un cáncer que se desarrolla en la bifurcación de los conductos hepáticos, entre el hígado y el páncreas, y considerado uno de los especialmente dolorosos. El hospital de Mataró, principal centro público del Maresme que atiende a una población de unas 260.000 personas le había cita para el pasado 16 de noviembre para empezar a administrarle morfina en vena y entregarle la correspondiente receta. No pudieron atenderle: ese día los médicos realizaron la segunda jornada de huelga contra los recortes aplicados por el Gobierno catalán. El centro, por su parte, reprogramó el tratamiento para el 28 de marzo: cuatro meses y medio más tarde. "Dijeron que con los recortes tenemos que aguantarnos. ¿Qué aguantará mi marido, si solo le queda un mes? Ojalá siguiera vivo a finales de marzo, pero ya no lo tendré aquí", relata la mujer con frialdad, sin un temblor en la voz.
Enojada, Benegas acudió el pasado lunes al hospital dispuesta a discutir con las paredes para adelantar la inyección. Su marido consume ya unos 800 miligramos de morfina por vía oral a la semana. "Pero le hace menos efecto a cada día que pasa, le veo sufrir y se me quita el hambre. Ni duermo, ni como... ", resopla la mujer. En el hospital no logró calmarse. "Acabé peleándome con todos", recuerda algo avergonzada. "Mi marido no tiene color, cualquier día ya no se levanta. No sé cuánto durará pero, ¿tiene que morir rabiando?", increpó Benegas a varios empleados del centro. "Me respondieron con una indiferencia total", recuerda. Le recomendaron que se llevara una hoja de reclamaciones y la acompañaron fuera del centro. "No tenemos recursos y las cosas están cómo están, hay que asumirlo", justificó el personal del hospital, según el relato de Benegas. "Se le dijo que no podíamos hacer nada", admitió un portavoz del centro consultado por este diario. "Que la cita programada no podía modificarse".
Al parecer no era cierto: al mediodía de ayer, cerca de una hora después de que EL PAÍS pidiera explicaciones al hospital de Mataró por haber demorado por más de cuatro meses las inyecciones de morfina a un paciente al que le quedan semanas de vida, Benegas recibió una llamada telefónica. "Es del hospital", señaló con sorpresa al fotógrafo. En apenas sesenta minutos, el centro logró reprogramar la visita de finales de marzo para las 12:05 horas del día 30 de este mes. "Hemos estudiado el informe de su marido. Ha sido un error administrativo, disculpe las molestias", explicó el mismo centro a Benegas en una breve conversación telefónica mientras la mujer sujetaba el café, incrédula.

"Ha sido un error. Todo se ha debido a un cúmulo de circunstancias erróneas", justificó a este diario un portavoz del hospital. Este añadió que la cita del pasado noviembre acabó siendo reprogramada no por efecto de la huelga, sino porque "el médico que la atendía se puso enfermo".

"No puedo disculparles", reaccionó la mujer, que desde esa llamada se muestra más crispada. "Han tenido meses para estudiar el informe. ¿No saben qué significa tener un cáncer terminal? El lunes me ignoraron y dijeron que no podían hacer nada. ¡Ni miraron los papeles! Si un medio de comunicación no les hubiera llamado, no me habrían hecho ni caso. Mi marido habría muerto retorcido de dolor", señaló visiblemente molesta. "Porque supongo que habrá otras personas que estén sufriendo tanto como yo", se justificó ya absorta en las próximas semanas, las últimas que vivirá su marido. "Él no quiere irse, quiere vivir... Solo pido que pueda morir sin dolor".
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Parados gallegos sin prestaciones llevan dos meses pagando sus fármacos

Solo reciben atención de urgencias y hasta que no se les renueve la tarjeta sanitaria no pueden ir ni al médico de cabecera

Diana Mandiá Santiago de Compostela

. / ANXO IGLESIAS
E.N.G, vecina de A Coruña, lleva más de tres años en paro, pero nunca imaginó que se quedaría sin cobertura sanitaria sin previo aviso del Sergas (el servicio gallego de salud). Hace casi dos meses que se paga sus medicamentos y este jueves, para vacunarse contra la gripe, ya no se pasó por el centro de salud, fue directamente a la farmacia. “Tuve que comprar yo la vacuna. En la farmacia llamaron a un practicante para que me la pusiera, aunque no me quiso cobrar”, cuenta. Esta mujer de 61 años, enferma crónica, cumple la condición que reseñan todos los pacientes parados que estos días descubren que su tarjeta sanitaria está desactivada: ha agotado su prestación por desempleo hace más de 12 meses. No tiene derecho a consulta con su médico de cabecera y si durante los dos o tres meses que tardará el Sergas en tramitarle una tarjeta PSR (para personas sin recursos) tiene que acudir a urgencias, deberá firmar un compromiso de pago. Aunque la conselleira de Sanidade, Pilar Farjas, ha repetido hasta la saciedad que solo los extranjeros que no acrediten derecho a asistencia estarán obligados a firmar dicho documento, la información que E.N.G recibe de los portavoces del Sergas encargados de sus trámites dice todo lo contrario. “A mí lo que me dijeron es que por urgencias —la única asistencia a la que sigue teniendo derecho— me van a cobrar, que tengo que cubrir un compromiso de pago”, relata.

El ir y venir de E. desde su centro de salud de O Venturillo a la delegación de Hacienda y el Ayuntamiento de A Coruña comenzó hace algo menos de dos meses, cuando intentó comprar los fármacos que le había recetado el médico. “Como estoy enferma y tomo mucha medicación, voy a la farmacia con frecuencia, por eso me enteré”. El boticario no pudo acceder a la receta electrónica que debía contener su tarjeta, ya anulada. En el centro de salud le dieron un número de teléfono para que aclarase su situación. “Me dijeron que el Sergas tenía una lista con la gente que se quedaba sin seguridad social, y que yo estaba en esa lista”. Los trabajadores del Sergas le indicaron también con qué opciones contaba para recuperar su derecho a la asistencia gratuita. Una de esas alternativas, la de incluirse en la tarjeta de un familiar, no le sirve porque vive sola y todos sus familiares están empadronados en otras ciudades, por eso se ha decantado por la tarjeta para personas sin recursos. La solicitó el 4 de octubre, pero todavía no ha recibido nada. El jueves intentó pedir cita para comprobar si su trámite estaba ya completo —según Farjas, todas las tarjetas bloqueadas se están activando “de oficio”. Pero su nombre sigue sin figurar.

 

Tampoco tiene su tarjeta activada Mercedes Amaral, la primera ciudadana en denunciar el fin sorpresivo de su derecho a la asistencia sanitaria el pasado viernes. Parada de larga duración y a tratamiento por una depresión, Amaral asegura que su nueva tarjeta PSR no llegará antes de seis u ocho meses. Por ahora, mientras el Sergas no la da de alta, paga sus medicinas. Tendrá que presentar, como el resto de los afectados, una justificación de ingresos que demuestre que su única vía para recobrar la asistencia sanitaria es la de solicitar tarjeta destinada a las personas sin recursos. El Sergas le exige, además, un certificado de empadronamiento. “¿Qué está pasando aquí? Desde hace unas semanas no deja de llegar gente por este asunto de la tarjeta”, le preguntó a principios de octubre una trabajadora del Ayuntamiento de A Coruña cuando E, la paciente de O Ventorrillo, le explicó que necesitaba un certificado de empadronamiento para recuperar su tarjeta.

“Hasta puedo entender que tenga que pagar las consultas, pero no que me quiten el médico”. Luis (nombre ficticio) se enteró hace 17 días de que su tarjeta estaba bloqueada. Hace tiempo que a este vecino de A Coruña le van mal los negocios, tanto que ya ni siquiera puede pagar la Seguridad Social. “Declaro mis impuestos, pero el negocio es un desastre”, se lamenta. El cruce de datos que le hizo hace dos semanas una trabajadora del Sergas cuando llamó para enterarse de su situación reveló el diagnóstico esperado. Su tarjeta sanitaria estaba desactivada. Ahora tramita su declaración como SPR y mientras paga sus medicinas. Nada es peor, asegura, que haber perdido el derecho a pedir una cita con el médico.

“Desde el momento en el que me dan de baja no recibí ningún tipo de notificación”, cuenta Marcos Otero, también residente en A Coruña, que teme que los próximos meses se conviertan en un ir y venir del centro de salud solo para presentar papeles “y sin cobertura”. A diferencia de los casos anteriores, Otero, que actualmente estudia para sacarse una oposición y es demandante de empleo, llevaba un tiempo con la mosca detrás de la oreja. Casi no va al médico, pero hace un mes pidió cita para una consulta porque tenía molestias en un pie. No se la pudieron dar porque no tenía un médico adjudicado desde agosto. “Pensé que era algo ajeno a mí, un error administrativo”, explica. Hasta la semana pasada no fue consciente de lo que le pasaba. “Solución no me han dado ninguna, más que pasarme a la tarjeta de algún familiar”. Tampoco en esta ocasión se cumple la promesa de Farjas de reactivar automáticamente las tarjetas bloqueadas, un acto del que la Conselleira culpa ahora al Gobierno central.


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